Locos y cuerdos
Jorge Luis Lee
http://www.sld.cu/sitios/bibliodigital/temas.php?idv=5130
Estoy en la sala de Psiquiatría, la misma donde veintitantos años atrás me gradué como especialista y en la que más tarde me convertí en profesor consultante. Las paredes son las mimas, quizás ahora con un color más vivo, las ventanas y puertas fueron sustituidas por otras de aluminio y cristal, lo que permite mayor entrada de luz. Pero esos detalles no tienen la más mínima relevancia frente a los cambios que han ocurrido dentro de mí.
Todo comenzó en una de mis noches de guardia, cuando Angela, mi asistente, me informó que tenía a un paciente esperando en la consulta para ser evaluado.
EVALUAR, quizás esa es la razón de muchos de nuestros sufrimientos, siempre estamos evaluando la conducta de los demás: es bueno, es malo, parece tímido, es agresivo, simpático, impulsivo, etc.
Quizás si no tuviésemos que estar dando siempre nuestra opinión y elimináramos nuestra tendencia a juzgar, seríamos mucho más felices.
Pero bueno, el caso es que tenía ante mí un paciente que aparentaba unos 40 años, canoso, con entradas pronunciadas, de estatura baja; su mirada se perdía en un punto de la pared como si estuviera contemplando varios mundos a la vez. Sus manos las tenía colocadas encimas de las rodillas y tan inerte como una estatuilla.
Antes de entrar a la consulta, fui en busca de un modelo de historia clínica nuevo. Me senté justo frente al paciente, tomé un bolígrafo del bolsillo de mi bata y le pregunté su nombre. No me respondió, tan sólo me miraba fijamente a los ojos. Esto no me sorprendió, algunos cuando le pregunto su nombre me cuentan su biografía completa, mientras a otros hay que sacarle las palabras de la boca. Utilicé entonces una segunda variante:
- ¿Sabe usted por qué está aquí?
- Yo sí, ¿y usted? –A pesar de lo tajante de la respuesta, su tono era suave.
- Si le pregunto es porque no lo se, dígame ¿por qué cree que está aquí?
- No, no estoy hablando de mí, yo le pregunto a usted ¿Sabe por qué está usted aquí?
“Porque es sábado y es mi día de guardia, de lo contrario estaría en mi casa viendo la TV” -me dije para mi, pero mantuve la expresión indiferente y le contesté también con amabilidad:
- Estoy aquí para atenderte y ayudarte
- Yo no necesito ayuda, el que necesita ayuda es usted. -me respondió con tono desafiante.
En una hoja aparte anoté: delirio de grandeza. Nosotros los psiquiatras tenemos la costumbre de anotar los síntomas que vamos descubriendo en los pacientes, para después llegar a un diagnóstico.
- Bueno, pues adelante, dígame sobre qué necesito ayuda.
- Yo le puedo ayudar a que sea usted mismo, a que se libere de toda la porquería mental que utiliza para defenderse.
- Así que ahora se invirtieron los papeles, usted es el que me ayuda a mí.
- Puede que usted no lo crea, pero he estudiado psicología de forma autodidacta, conozco la vida de Freud, de Jung, de Pavlo, y de Carlos Marx. Ahora sé que usted me está diagnosticando y después hará un diagnóstico diferencial; en ese punto también le puedo ayudar.
- Por favor, espéreme un momento aquí, regreso enseguida. -Le comenté al paciente y fui a buscar a Angela para que me precisara la forma en que llegó al hospital. Me dijo que lo encontraron en la 5ta Ave totalmente desnudo, los vecinos llamaron a la policía y ésta lo trajo al cuerpo de guardia donde lo vistieron con una bata del hospital.
- Pero es que desconozco si tiene antecedentes psiquiátricos ¡Así no se puede trabajar! Bueno, ya veré que hago. –Le comenté a Ángela tratando de serenarme.
Regresé donde el paciente y le pregunté:
- ¿Por donde nos habíamos quedado?
- Por el diagnóstico, usted ahora me está tratando de diagnosticar ¿no es así?
- Así es -para seguir su juego le pregunté-: Ya que sabe tanto dígame ¿qué es un diagnóstico?
- Un diagnóstico no es más que una etiqueta que después que te la ponen es dificil de quitar. A partir de ese momento dejas de ser persona para convertirte en una enfermedad, en vez de llamarte por tu nombre te dice: “El psicótico de la cama 43”
- ¿Y qué diagnóstico usted se daría y con cual lo diferenciaría?
- Yo soy simplemente un Loco y me diferencio de los cuerdos ¿Quiere que le haga el diagnóstico diferencial entre unos y otros ahora?
- Adelante – dije haciendo un gesto de invitación con las manos.
- Pues le diré:
Los locos vivimos en nuestro mundo, los cuerdos viven en el mundo de los demás; para nosotros el tiempo no existe, pero para los cuerdos es fundamental; los locos vivimos la vida de la manera en que la soñamos, los cuerdos sueñan con una vida diferente a la que llevan; los locos siempre decimos lo que pensamos, los cuerdos tienen que pensar diez veces lo que van a decir; nosotros actuamos según nuestros instintos, los cuerdos por su conveniencia; los locos creamos la realidad, los cuerdos son los que la viven; todo el mundo habla solo, pero mientras nosotros lo hacemos en alta voz, los cuerdos lo hacen en silencio, por temor a que los escuchen; los locos no necesitamos dinero, a los cuerdos nunca les alcanza; los locos viajamos a otros universos, los cuerdos temen abandonar la tierra; nosotros nos sentimos libres, pero los cuerdos siempre se empeñan en encerrarnos.
Me quedé sin habla, cosa que nunca antes me había sucedido; por primera vez estaba viendo la realidad con los ojos de un enfermo y no de un médico. Todo lo que acababa de oír tenía sentido, pero a la vez rompía la barrera entre la mente sana y la enferma. ¿Qué sería de la medicina sin esa frontera? Sencillamente yo no fuera psiquiatra, ni el paciente que estaba analizando sería un esquizofrénico como estaba comenzando a sospechar.
De repente mi mente se quedó en blanco y una angustia profunda se alojó en mi pecho. Mi conciencia se estaba alterando, todo se confundía, no podía precisar dónde estaba ni quién era. Me sentí aislado, distante, ausente.
Al día siguiente, cuando me sentí mejor, decidí continuar con la evaluación del paciente. Me propuse que esta vez mantendría el control de la situación siguiendo los pasos indicados en toda entrevista.
- ¿Me va a decir su nombre hoy?
- Me llamo Salvador
- ¿Salvador qué?
- Salvador Bueno.
- ¿Por qué ayer cuando le pregunté no me lo dijo?
- Porque ayer usted sólo quería mi nombre para llenar un espacio en una hoja. ¿De qué sirve mi nombre si al final nadie se acordará de él? Me dirán “el loco de la 5ta avenida” ó “El encueruso”
- Pero todos necesitamos de una identificación -comenté para comenzar a explora su estado de conciencia-. Él sin embargo me preguntó:
- ¿Y para qué sirve una identificación?
- Para saber quién eres –Le respondí.
- Si yo no he logrado aún saber quién soy, ¿cómo otro lo va a saber por mí?
Aproveché esta oportunidad y anoté: “Desorientación autopsíquica” Esto significaba un alivio para mí, pues estaba comenzando a encontrar síntomas y signos de una psicosis. Entusiasmado con los resultados que estaba obteniendo, proseguí con el interrogatorio:
- Ayer usted estaba totalmente desnudo en medio de la avenida ¿Qué me dice respecto a eso?
- Yo no necesito ropa para ocultar mi cuerpo, como tampoco necesito una personalidad para esconder mi alma. Yo necesito sentirme libre, sin nada que me ate, sin nada que me ahogue y la ropa impide que el aire y el sol penetren en mi cuerpo, además de impedir mi movilidad ¿A usted no le molestan las medias, los zapatos y los calzoncillos? –me preguntó.
“¡Claro que me molestan!” Me dije, pero no le podía dar la razón, simplemente me quedé callado y mirándolo fijamente, esperando a que continuara. Después de un minuto de absoluto silencio prosiguió:
- Pero eso no es lo más importante, la ropa en definitiva se quita y se pone, pero lo otro no.
- ¿Qué es lo otro? - inquirí.
- Las máscaras, esas que ustedes se ponen para no mostrar lo que verdaderamente son. Ellas hacen la misma función de la ropa: Tapar lo que no quieren que se vea. A usted por ejemplo, no le basta con todo lo que lleva puesto, además necesita de una bata blanca para diferenciarse de mí, para creerse superior y más puro. Yo en cambio no necesito de nada para ser quien soy.
Nuevamente comencé a sentirme mal, esta vez, además de la sensación de vacío, de ausencia y confusión, me faltaba el aire y sentía taquicardia. El temor se apoderó de mí y junto con él sobrevino la ansiedad. Ese día me fui a casa más temprano que de costumbre, tomé un ansiolítico y me acosté, pero no pude dormir.
Ideas fijas comenzaron a atormentarme:
¿Quien soy, de donde vengo, por qué estoy aquí, qué es el universo?
Finalmente decidí sacar toda la tensión que llevaba dentro: comencé a gritar, me halé los pelos, golpeé mi cabeza contra la pared, lloré hasta quedarme sin lágrimas, y terminé riéndome de mí mismo. Una profunda paz prosiguió a todo esto, suspiré profundo como si me hubiera aliviado de una pesada carga y me quedé dormido.
A partir de entonces ya no fui el mismo: dejé de mirar el reloj al despertar cada mañana, comencé a andar desnudo dentro de la casa, dejé hasta el trabajo, al fin y al cabo no soportaba más a mi director, siempre mandándome tareas formales y estereotipadas: informes, actas y autoevaluaciones donde siempre tenía que sacas méritos de donde no los había. Comencé a decir todo lo que pensaba, y a actuar sin mirar las consecuencias. Desterré las culpas que me desvelaban, la ira que me consumía, los complejos que laceraban mi autoestima. Dejé el miedo a hacer el ridículo y dejé de actuar para complacer a los demás.
Claro que todo esto tiene su precio, estoy de nuevo en mi familiar sala de psiquiatría, disfrutando más que antes de…
-Profe, profe -dijo la voz dulce de una enfermera dirigiéndose a hacia mí-Acompáñeme, es la hora de su tratamiento.
¡El único inconveniente que tiene este mundo de la locura, es que cuando más estás disfrutando de tu “trance”, viene un cuerdo y te arrebata la paz!

‘nossss díasssssss
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Kiero un mundo donde todos seamos muy liberales, ultraliberales en todo todo, entonces todo seria una locura y a la vez estaria cuerdo por fin.