
Bueno, pues qué decir de un libro que te llena el alma. ¿Poco más verdad?
De Jodorowsky he leído La Danza de la Realidad, La sabiduría de los cuentos , Psicomagia, Cabaret Místico y tengo por ahí pendiente El niño del Jueves negro, Los Evangelios para sanar.Al Jodo le conocí en un Negro sobre blanco, en el que Fernando Sánchez Dragó presentaba La Danza de la realidad como uno de los mejores libros que había leído.
Bien, pues este su último libro es algo así como dos órdenes de magnitud todavía mejor, y uno de los mejores libros que yo personalmente he tenido el placer de degustar. Me veo releyéndolo a menudo, no se digiere de una sentada.
La ternura del Maestro Zen, Ejo Takata, la relación Maestro-Discípulo en la búsqueda de la iluminación, para terminar en convertirse en los dos mejores amigos mutuos, la incredulidad que provocan las anécdotas, a caballo entre la ciencia ficción y los cuentos de hadas. Ese Universo del Jodo en el que todo vale y todo puede pasar en cuanto decidimos con vehemencia modificar la realidad. Esos personajes mitológicos y a la vez reales, tan reales y milagrosos como el día a día.
He encontrado a un Jodo todavía más desnudo, sincero y honesto de lo que nos tiene acostumbrados si cabe, que rezuma sosiego, tranquilidad, reposo, y sobretodo esa sabiduría que da el estar de vuelta y que al resto nos tiene todavía bregando con las briznas del camino… a dos pasos de zambullirse de lleno en el lago del espejo.
A su vez, he sentido coincidir en muchas intuiciones y pensamientos que poco a poco había ido haciendo míos de un tiempo a esta parte.
Es difícil rescatar el mejor párrafo. Hay tantos.
Puesto que en el foro acostumbramos a compartir esa búsqueda interior, que a todos en mayor o menor medida nos intriga, llena de pistas, indicios, propuestas, caminos más válidos, menos válidos, meditación, taoísmo, budismo, inciensos, candeleros con ohms… y que a mí personalmente siempre me ha parecido hacer folklore de la búsqueda del camino interior, eludiendo la responsabilidad de buscar por uno mismo, posiblemente por miedo a esa Gran Verdad, de tejer nuestro propio kesa con respeto y amor, pues pego el siguiente fragmento.
A ver qué os parece.
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Del Capítulo 10. Maestro a discípulo, discípulo a maestro, discípulo a discípulo, maestro a maestro
Sentí como si un relámpago me atravesara la lengua. Me dieron ganas de mordérmela hasta cortarla. Por supuesto que yo comprendía que la palabra “Dios” y la palabra “mente” tanto como “círculo infinito” y “mosca infinita”, podían intercambiarse. ¡Pero me dio rabia! ¡Una rabia inmensa que había acumulado todos esos años! ¿Con qué derecho este japonés se burlaba de mí si estaba preso en la telaraña del budismo? Comencé, mascando mis palabras, a decir lo que a pesar de mi ira consideraba necedades. Si las pronuncié fue con el orgulloso deseo de vencer esa granítica seguridad que tenía en sí mismo.
- No has dejado de repetir “Si en tu camino encuentras un Buda, córtale la cabeza”. Sin embargo meditas en la misma posición que el primer patriarca, toda tu vida has estado vestido con este kesa que imita su renuncia al mundo, repites como un loro sus palabras convertidas en sutras fanáticos, llenas tus días con ceremonias inútiles que te inculcaron desde niño, vives en un pasado que ni siquiera es el tuyo. Entre millones de pobres, Sakyamuni (Buda) era hijo de un hombre rico. Su padre, el rey, le dio todo: un palacio rodeado de maravillosos jardines, comidas exquisitas, ropas suntuosas, la más bella de las esposas, centenares de criados. Encerrado en su cárcel de lujo, no conoció la miseria de sus innumerables vasallos. De repente, porque un pajarillo cayó muerto sobre su cabeza, el futuro Buda sufrió una crisis… ¡La realidad no era lo que él creía que era! Entonces, como cualquier joven mimado, en lugar de aprender a amarla tal cual, la detestó.
“¡La vida es sufrimiento! ¡Qué tremendo envejecer, enfermar y morir! ¡Y todo ello debido a nacer! ¡Para liberarme, he de negar la materia, nunca más reencarnarme, nunca más crear nuevos cuerpos cohabitando con una mujer, nunca más gozar de los placeres que dan los sentidos! ¡Huir, huir, huir!”
Fue capaz de abandonar a su padre, a su esposa, a su hijo, cambiar su palacio por la sombra de un árbol, negarse a sí mismo y, por vergüenza de su anterior riqueza, convertirse en el más pobre de los pobres, vestido con los sucios restos de sudarios que no habían ardido en las hogueras funerarias. ¡Preocupaciones de joven consentido! Pero nosotros, que no hemos sido criados entre altos muros de un paraíso artificial, que fuimos paridos en medio de los conflictos del mundo, que cada vez que dormimos bajo un techo nos damos cuenta de que incontables hombres no tienen un decente albergue, que cada vez que comemos hay legiones de niños que se pasean como fantasmas desnutridos, nosotros que nos criamos entre egoístas, entre enfermos, entre ancianos, entre moribundos, hemos sido sin embargo capaces de celebrar cada nuevo día como una fiesta. ¿Vestir con harapos de cadáver en vez de amar la vida? ¡Nunca! Este kesa no nos corresponde porque no deseamos huir. Si se concibe la existencia como una continua reencarnación, no queremos liberarnos de ese sagrado ciclo. Volveremos una y otra y otra vez. Iremos mejorando el mundo, cambiaremos las crueles leyes del cosmos, porque somos el mejor aspecto del Creador, su Consciencia. Consciencia que debemos desarrollar vida tras vida, comunicándola, multiplicándola. Aquí estamos, Ejo, con una inconmensurable responsabilidad sobre nuestros hombros: no cesaremos de existir hasta que logremos que este universo sea perfecto, hasta que nadie se coma a nadie, hasta que todo comience y termine alegremente, hasta que el goce de la luz esté equilibrado por el goce de la sombra…
No pude seguir hablando porque me puse a llorar. Ejo me consoló hasta que me calmé. Con delicadeza me ayudó a desvestirme. Extendió el kesa en el suelo, lo plegó cuidadosamente, como le habían enseñado en el monasterio, reduciéndolo a un rectángulo. Y luego, con placidez, me dijo:
- Tú, amigo, puedes decir que los textos tradicionales son mentiras, sólo palabras. Sin embargo esas palabras nos proponen experiencias que muy bien pueden sumergirnos en la Gran Verdad. Los mitos fundadores son esenciales, sin ellos no puede construirse una sociedad. Tratar de destruirlos es peligroso porque eso significa corroer los cimientos sobre los que se basan las relaciones humanas. Pero si bien no se puede destruirlos, se puede volver a interpretarlos de una manera que sea más útil para lo que nos proponemos. Tú identificas el kesa al envoltorio de un cadáver. Harapos que contienen podredumbre. Si así lo sientes, así lo vivirás. Para mí el kesa es la piel corroída que, gracias a unas manos bondadosas, adquiere forma y se hace recipiente de la Consciencia. Es un gusano dentro del cual la mariposa se prepara para extender sus alas. El kesa es, pues, el sitio sagrado donde se produce la mutación…
Sería tonto quedarse a vivir en la barca que tomamos para atravesar el río, en lugar de descender y vivir en la otra orilla. Por esto, a pesar de que venero la memoria de Sakyamuni, sin pensar en lo que fue o no, pero sí en lo que su figura, mítica o real, ha aportado al mundo, en lo que dices como poeta hay algo que me ha revelado lo que yo, un monje sin imaginación, no era capaz de ver: el patriarca cogió harapos, los cosió con respeto y fabricó su hábito; es decir, procedió de forma creativa tal como hace un artista. Nosotros, sus seguidores, durante siglos lo hemos imitado. Este kesa no surgió de mi alma, es la obra de Sakyamuni y, por esto, le corresponde a él, no a mí.
Los tiempos han cambiado, no estamos en India ni en Tibet, ni tampoco practicamos el Chan chino. El zen se adapta a cada país y cambia según la idiosincrasia de sus practicantes. Si no se modifica de un territorio a otro, es invasión imperialista.
México no necesita de un zen japonés, el zen japonés necesita de México. Los indios tarahumara tejen una tela de lino de un puro blanco crudo: es el lujo de la miseria, el deseo de limpieza y de una vida mejor. Con esa tela fabricaré mi propio kesa.
Ejo se levantó, recogió ramas secas, encendió una hoguera y depositó en ella su viejo hábito. Lo vio arder con el mismo cariño con que se despide a un amigo que se va para siempre.
Con los ojos llenos de lágrimas me dio la espalda y se alejó por un camino del bosque hacia la ciudad.








































es hasta despues de haber renacido varias muertes que aumentan las probabilidades de acercarse a la escucha del discurso para de entre sus sonidos extractar el significado y escuchar el aplauso de una sola palma batiente
(sin puertas)